martes, 9 de diciembre de 2008

Los pensamientos pueden ser más peligrosos que los ejércitos




Por Tomás Hidalgo Nava


Derek Walcott, Premio Nobel de Literatura y uno de los más destacados poetas y dramaturgos vivos del Caribe, lamenta que las consecuencias del racismo se encuentren aún presentes en todo el mundo y particularmente en la precampaña presidencial de Estados Unidos.




-Uno lo puede ver en las preelecciones estadounidenses entre Barack Obama y Hillary Clinton. Uno puede ver los vestigios del racismo ahí -afirma en entrevista el autor, quien se encuentra de visita en México para tomar parte en la conmemoración del décimo aniversario luctuoso de Octavio Paz-. Los comentadores de los medios han explotado este tema al referirse constantemente a los orígenes multirraciales de Obama -agrega el poeta.




Walcott, nacido en 1930 en la isla de Santa Lucía (antigua colonia británica) y ganador del Nobel en 1992, expresa -con voz pausada y rítmica- su pesar por la continuidad del dominio colonialista de los países grandes sobre las naciones pequeñas en los llamados tiempos de la globalización.




-Para mí, que he vivido en un contexto colonial toda mi vida, el cual aún permanece en mí de manera mental, esto parece cada vez más terrorífico. No debería haber pobreza en el mundo. No debería haber. Hay tanto para compartir como para que exista pobreza. El hecho de que haya hambre en nuestro siglo es una desgracia para la experiencia humana. Si se compara la hambruna que hay en Puerto Príncipe, Haití, con la vida de los multimillonarios, uno se pregunta cómo puede existie este contraste, cómo puede esto ser lógico -dice el autor de Another Life (1973).




-¿Qué puede hacer un poeta para manifestar este temor y hacer que la situación cambie?




-El arte es más influyente de lo que pensamos... Se ha dicho que la poesía no logra que las cosas pasen. Eso no es cierto. En la historia de las culturas recientes, la persecución y las ejecuciones contra los escritores demuestran que los dictadores han notado que la poesía tiene una enorme influencia. Se han dado cuenta de que la poesía es algo que uno puede traer dentro del sombrero en lugar de llevar todo un ejército. Los pensamientos en tu cabeza pueden ser más peligrosos que los ejércitos... Podemos causar más daño que una invasión. Mentalmente, el resultado es que un país empiece a pensar de otra manera. Es por ello que los tiranos buscan deshacerse pronto de los poetas, por la influencia que podemos tener. La poesía es capaz de hacer que muchas cosas pasen. Por otra parte, algunos poetas dicen que lo único que podemos hacer es advertir a la gente sobre los peligros. Pero en tiempos de crisis y de desesperación, los seres humanos buscamos instintivamente algo que nos brinde esperanza y fortaleza, y la poesía puede hacer eso, y lo ha hecho.




Unas horas antes de participar ayer en el homenaje en memoria de Octavio Paz en el Palacio de Bellas Artes, Walcott manifiesta su admiración por el escritor mexicano.




-En él se dio un equilibrio perfecto entre las culturas española e indígena sin que ninguna de las dos raíces lo atormentara -dice-. Octavio Paz reconoce la contribución española al mundo en términos de arte, así como el aporte espiritual de la cultura indígena. En él se tiene un gran ejemplo de lo que significa ser mexicano: contener ambos aspectos y no separarlos.




Aunque no tuvo un contacto continuo con Paz, lo recuerda como una persona generosa. Walcott cuenta que se conocieron en la ciudad de Washington y después tuvieron oportunidad de verse en Portugal y en algún otro sitio del mundo.




-Me cayó bien de inmediato. Cualquier gran artista que está seguro de sí mismo es generoso por naturaleza; no es egoísta. Fue entonces que surgió un gran afecto entre los dos.




El también catedrático de la Universidad de Boston asegura que algo similar le ha sucedido con todos los escritores latinoamericanos que ha conocido, como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, quienes tienen un gran disfrute de la palabra, si bien confiesa que no siempre ha visto lo mismo en los autores ingleses o estadounidenses, los cuales pueden ser a veces muy pomposos.




-Éramos dos hombres mayores actuando como niños de escuela; fue muy divertido -comenta.




En referencia a su afición por la pintura, el autor de la obra teatral Dream on Monkey Mountain señala que ve al arte pictórico como un lenguaje.




-No soy un escritor que busque expresar ideas brillantes a través de la pintura. Aunque pienso que uno puede ser influido como poeta por ella. Uno puede estar escribiendo algo en lo que se tenga en mente el claroscuro. Tal vez uno esté describiendo un rostro que aparece en medio de la oscuridad de la noche. Pintar es una tremenda ayuda para uno como escritor.


Fuente: El Financiero / MéxicoLunes, 21 de abril de 2008

lunes, 8 de diciembre de 2008

Ejercicio del Taller de Periodismo y Literatura. Día 4




El género de opinión: Milan Kundera

El trabajo escrito que se llevó a cabo ese día giró en torno al caso de Milan Kundera y como éste había sido recientemente acusado por una revista checa de denunciar, en sus años de estudiante universitario, a un individuo que no se ajustaba a la “única verdad” del régimen. Es decir, se le ha acusado de participar en lo mismo que criticó en su novela La broma.


Lea la opinión de los participantes del Taller de Periodismo y Literatura sobre este tema.

viernes, 5 de diciembre de 2008

La insoportable levedad de acusar, Raúl Francisco Quiroz

Supongamos que no es como ahora que mal que bien tenemos cierta libertad para decir las cosas. Supongamos que vivimos por ejemplo en la dictadura chilena de Pinochet, con Franco o Hitler o más aún con nuestro dictador Porfirio Díaz.
Todas de derecha, pero igual vienen al caso los régimen totalitaristas de Europa del este, la China comunista, el periodo sanguinario de Pol-Pot en Camboya, y otros tantos. ¿Usted que haría si por ejemplo tendría que denunciar que su amigo, que su vecino o huésped esta conspirando contra el régimen, lo denunciaría? Seguro que si no somos acólitos del sistema no, pero qué tal por acción u omisión usted pusiera al descubierto las preferencias políticas de otra persona y ello le provocara encarcelamiento o destierro?
Tal vez usted responda que no lo haría. Yo mismo afirmo que no lo haría, pero pongamos en el caso de aquellos que en hacerlo o no les iba la vida. Y aclaro que con esto no pretendo justificar nada, solo intento comprender.
Todo esto viene a cuento por el revuelo que ha causado el llamado caso Kundera, sentenciado ya por unos, defendido por otros. Y uno se preguntaría en la pertinencia de juzgar a sus glorias, sean estas literarias o personas que se han distinguido por hacer el bien común. En los años 50, la entonces Checoslovaquia comunista, era una sociedad totalitaria. La delación se premia, y el silencio se paga. Kundera tenía apenas 20 años y era militante comunista. De esa época sale una acusación oscura contra él. Investigadores publicaron en la revista checa ‘Respekt’ que el escritor denunció a Miroslav Dvovácek, que fue condenado a muerte aunque luego se le conmutó la pena a 14 años de trabajos forzados en una mina de uranio. Supuestamente tuvo una trifulca con un jefezuelo y se valió de la delación –que era espía de occidente-- para arreglar el asunto. Paso el tiempo y Kundera se convirtió en uno de los conocidos disidente del los comunistas que gobernaban su país.
Recordemos nosotros algunos casos acá en México. La escritora Elena Garro, recientemente acusada de espía del régimen priista en la época de los 70` y hasta documentos salieron por ahí. Pero aquí mismo es sospechoso, no que Elena haya sido soplona del gobierno, sino la acusación misma, al parecer hecha por las mafias que controlan acá la información y siempre han golpeado a quien fuera esposa de Octavio Paz, de por si polémica en su vida.
Entonces nosotros seríamos tan valientes para sufrir las consecuencias por salvar a un conocido? Pocos son los valientes. Creo que es bueno sacar información sobre la vida de los personajes públicos, defiendo la libertad de información, pero en casos tan delicados la prensa debería tener más cuidado, tener todas las pruebas o al menos llevar todas las posiciones, pues esta en juego una reputación, la posibilidad de destruir una vida.
Cuantos quizás no hubieran gritado viva Franco o Pinochet. Cuántos de los que ahora juzgan a Kundera. El ya dijo que es mentira, entonces nosotros a quién le creeremos.

Kundera, por: César Castro Fagoaga


Es como que yo te diga, Milan, que estoy preocupado porque luego de cuarenta años, cuando sea famoso, haya puesto mi firma en un millón de libros, ganado un Óscar, hecho un comercial de Pepsi y valore mi candidatura presidencial, venga alguien y me diga César, nosotros supimos que estuviste preso y lo publiquen en primera plana al día siguiente.

¿Entendés a lo que me refiero? ¿No? Bueno, vos sabés que no nos conocemos, Milan, pero ambos sabemos que sos famoso, que escribís novelas profundas, críticas y best sellers en fin. Pero el punto es que no te conozco en persona, me he leído tu libro más trotado, La insoportable levedad del ser, y otro que no recuerdo el título, pero no nos hemos dado la mano ni tomado unos güisquitos juntos. No tengo modo de saber, entonces, si es cierto eso que desde octubre andan diciendo de vos. Pero te aclaro algo: ese no es el punto.

Lo que sabemos, lo que equivaldría a decir que es cierto, es decir lo publicado, sugiere que vos, en 1950, en tu natal Checoslovaquia, como parte de las juventudes comunistas, delataste a un compañero ante el gobierno comunista de ese momento. Al muchacho, con un apellido impronunciable, lo condenaron por dos décadas.

En mi tierra, Milan, hubo un humorista que tenía una frase célebre. Aniceto Porsisoca decía: Uno de cipote es tonto. Cipote, en El Salvador, es sinónimo de niño, joven, y Aniceto resumía así el hecho de que cualquiera comete errores en su juventud. No sé si sea tu caso, Milan, no sé si en verdad lo delataste al chico ese. Lo que sí es cierto, Milan, es que no te podría juzgar a priori sin conocer lo que pasaba por tu cabeza aquellos días. Vos tampoco podrías, como imaginarás, juzgarme a mí por haber pasado dos noches en la cárcel luego de haber estado en un bar clandestino a las cuatro de la madrugada. No estabas ahí, no podía saber lo que ocurrió, Milan. Yo sí.

El punto, Milan, es que todo el mundo se dio cuenta. Los periódicos hicieron eco de la noticia. Y claro, vos saliste a desmentirlo todo. Pero el daño ya estaba hecho. La sospecha es peor que la condena, Milan. Y ahora lo vivís en carne propia.

En los periódicos veo todos los días cómo la policía presenta a presuntos ladrones, homicidas, violadores. Presunto, qué palabra tan dañina. La policía los presenta y a la mañana la foto ya está en todos lados. El juez del caso ni se ha pronunciado. ¿Y cómo lo haría, Milan, si ni siquiera los han llevado al juzgado?

Como sea, Milan, por mucho que se demuestre lo contrario, o no, ya quedaste de soplón y eso, imagino, te lastimará el alma. Sé que es mucho peor quedar de soplón que de borracho ante la opinión pública, más aún cuando no se ha ido a un juicio, ser juzgado y vencido. Vos ya estás vencido, Milan.

¿Qué pasó conmigo en el bar esa noche? ¿Eso querés saber, Milan? Vení que te lo cuento, pero con una cerveza, eso sí, Milan.

El placer de dudar, por: Laura Dávila Truelo

Sentado casi al borde de su silla Eladio Melane cabecea en el sopor de la tarde, su siesta es como cada día en la silla de mecer tejida con mimbre de antaño, cuyo color se ha opacado tanto que ha acabado pareciéndose a la piel de Eladio, en una mímesis hecha a fuerza de años y recargo.
Allí ultima sus días de escritor, en las calles de aquella ciudad soñada de ventanas largas y calles de piedra, donde las doncellas recibían a los novios osados que cruzaban la frontera de aquellas rejas, en una acción donde el placer de un mínimo contacto de la piel anhelada era mayor al pudor de ser descubiertos en semejante atrevimiento.
En pueblo natal donde cortejó a su propia doncella tras una de esas ventanas, Eladio se sofoca. El libro "Oficio de difuntos" reposa en el regazo mientras el recuerda los años del gomecismo a principios de siglo. Años caros para él con la promesa de la "rotonda" por oponerse al régimen.
Vivió el placer de ver caer al dictador a mano de uno de sus colaboradores: las estructuras del poder se han parecido siempre en la historia, tus aliados acaban siendo tus enemigos. Ahora Eladio vive su propio exilio, se opuso a Gómez con fervor de juventud, y a diferencia de un país que se silencio, él buscó maneras de enfrentarse. Pero sucumbió más tarde, algunos de los colaboradores de Pérez Jiménez, eran sus amigos, lo fueron desde antes y siguieron siéndolo más allá de su participación en el poder. Eladio vio horrores y para su vergüenza calló, no usó las letras que le eran propias para levantar ni una vez la voz en contra de los abusos de un nuevo régimen que, por moderno y constructor que fuera siempre es una cárcel.
Eladio ha visto de cerca el caso del escritor checo Milan Kundera, que ahora es señalado por delatar, cuando apenas tenía 21 años, a un compañero de casa, Miroslav Dvoracek por espiar al gobierno comunista de Praga. La supuesta víctima de Kundera estuvo 14 años condenado a trabajos forzados.
Se pregunta ahora Eladio si es verdad, él lo ha negado, pero Eladio también lo negó, pues era cierto que nunca fue afecto al régimen de Pérez Jiménez, aunque sus amigos eran los que eran, y él calló, su complicidad fue ese silencio.
Pero Eladio siente que Kundera pasó una vida reivindicando su posición contra un régimen que se dio cuenta que no funcionaba. Eladio también se arrepintió, ahora sabe que la posición de un intelectual siempre tendrá que estar de frente al poder, por mucho que le seduzcan sus giros y derroteros.
Pero Eladio se pregunta si acaso alguien tiene el derecho de mirar bajo la lupa un momento de la vida de otro, sin mirar acaso la posibilidad de la larga gama de grises que rodean no sólo un hecho, sino una vida entera.
Eladio se retiró pero sabe que como a él fue fácil juzgar a Kundera, y con ello el efecto dominó en el que algunos, quien sabe con cual interés o quizás sólo con morbo, han tratado de echar abajo el edificio de su obra.
Poco importa que él lo negara, menos aún que halla pruebas al parecer contundente que indican que Kundera nada tuvo que ver con aquel hecho, y que de ser cierto su obra completa es una oda a la reivindicación.
Pero la gente quiere dudar, más que las manifestaciones en la prensa, pruebas que van y vienen, asomarse a la vida ajena es la posibilidad de conseguir, cierta o no, la miseria en ellos, ese lado oscuros que tanto placer causa encontrar en otros pues, a fin de cuentas, cada uno piensa en la propia y se satisface en que el mundo esté entretenido en una desgracia ajena, mientras, si todo sale bien, la propia sigue en la oscuridad.

La insoportable levedad de una acusación, por: Tomás Hidalgo Nava

Construir una reputación puede costar toda una vida y a veces más, pero sepultarla en el fango es cuestión de unas cuantas líneas fundamentadas en una insoportable levedad de pruebas.
Parecería una broma afirmar que Milan Kundera, acérrimo crítico del totalitarismo comunista en Checoslovaquia, fue colaborador del mismo sistema que tanto ha criticado a través de su narrativa y artículos. Es tan ridículo como los personajes de algunos de sus cuentos de amor. Sólo bastó un documento publicado por el Instituto para el Estudio de los Regímenes Totalitarios, con sede en Praga, para generar una polarización entre quienes defienden al autor Checo nacionalizado francés y aquellos que lo denuestan por su presunta hipocresía.
Nadie parece reparar en que este documento, en el cual se menciona que el supuesto espía anticomunista Miroslav Dvoracek fue aprehendido y condenado a 14 años de trabajos forzados debido a la delación de Kundera en los años 50, ni siquiera ostenta la firma del novelista y resulta difícil comprobar que él fue el verdadero delator.
Se antoja como una irresponsabilidad el que los investigadores checos que hallaron este documento lo hayan publicado en octubre pasado sin confrontarlo con las declaraciones de testigos ni con otras fuentes documentales. Claro, muchos de ellos, como el policía que menciona al autor de La despedida en el reporte secreto, ya han muerto; pero aún así debieron agotar todas las instancias y archivos posibles para así tener todos los pelos de la burra en la mano y poder afirmar que era parda. Pero no lo hicieron; simplemente lo arrojaron como chuleta a los leones de los medios y muchos de ellos se la tragaron de una tarascada. Lo peor fue que ninguno de ellos buscó hacer su tarea para evitar el linchamiento de un escritor respetado en tantos círculos y cuya obra se cuenta entre una de las más esclarecedoras y representativas de la segunda posguerra.
Achacarle a Kundera la injusticia contra Dvoracek sería tanto como acusar a Pablo Neruda de los crímenes de Stalin por haberse colocado en el espectro de la izquierda revolucionaria y haber apoyado al Estado soviético en lo qué el consideraba positivo para el progreso de los países del Tercer Mundo, entre ellos su querido Chile; o sería como decir que Günther Grass vivió siempre en la mentira al no mencionar antes que fue parte de las juventudes hitlerianas. En la alemania nazi, casi nadie pudo dejar de serlo oficialmente, a pesar de que muchos de ellos —y no dudo de que Grass también lo haya hecho— se inconformaron en silencio y condenaron la megalomanía de Hitler y sus métodos.
Parece como si The Crucible (en español, Las brujas de Salem), de Arthur Miller, se estuviese representando en el escenario de una sociedad cuyos medios de comunicación se encuentran más interesados en cubrir la cuota de hombres y mujeres colgados que en llamar a su público a la cordura.

Kundera, por: Federico Bianchini

Me siento en el sillón, abro el libro. El señalador, de cartón amarillo, está en la página 48. Sintió en su boca el suave olor de la fiebre y lo aspiró como si quisiera llenarse de las intimidades de su cuerpo. Y en ese momento se imaginó que ya llevaba muchos años en su casa y que se estaba muriendo. Una mosca se posa en el borde superior de la página 49. Muevo la mano, la mosca vuela.

Supongamos que sea cierto. Supongamos que Milan Kundera, en una actitud que él, años más tarde, podría haber considerado deleznable, haya denunciado a un estudiante a la policía comunista. Luego, con esta suposición establecida, sigo leyendo.

De pronto tuvo la clara sensación que no podría sobrevivir a la muerte de ella. Mientras lo hago, mientras leo, el autor pasa a un segundo plano, es una referencia lejana que, de momento, no me importa. Es una referencia lejana que sólo uso si alguien, interrumpiéndome, pregunta: Qué estás leyendo.

Presupongo, ahora, que el autor de la novela fue torturador ¿Podría un torturador escribir una buena novela? Sigo leyendo. La mosca viene y se me apoya en el brazo. Sin correrla, me está haciendo cosquillas, imagino que el autor fue pedófilo, corrupto, nazi, un violador serial. Y sigo leyendo. La mosca vuela su zumbido.

No me interesa qué hizo ayer, anteayer, o hace diez años quien decidió escribir la historia que leo. Me indigna, en cambio, que un escritor (pienso en Philip Dick y su cuento "Las prepersonas") haga una apología (en ese caso antiabortista) sigilosa y tenaz: persuasiva, pero no explícita.

Usar la ficción como método subrepticio de convencimiento es atroz. Delatar a una persona que, se sabe, recibirá pena de muerte también es atroz y, si la Justicia así lo indica, debería ser castigado, sin embargo, la última actitud me es indiferente ahora, mientras leo.

Y dicen que "Las acusaciones podrían reducir la estatura moral de Kundera como un personaje enigmático contra la corrosión totalitaria de la vida cotidiana" y quizás, sólo quizás, si se descubriera que los documentos no son falsos, si se confirmase que Kundera fue un delator, la estatura moral del

checo se empequeñecería a centímetros, sin embargo yo seguiría leyendo. No sin antes correr, con la mano, a la mosca, que da vueltas y vueltas sobre el sillón sin dejarme disfrutar, tranquilo, del argumento de la historia.